El muro de los lamentos
Uno se queda sin palabras en el mismo instante donde antes de empezar el concierto busca la pantalla habitual a los costados del escenario. Simplemente no hay nada, todo lo ocupa ese muro de lado a lado. Llega hasta la platea y uno se pregunta si después se caerá, se encenderá. Durante estos días me ahuyenté de escuchar o leer cualquier comentario sobre este bendito concierto. Ni siquiera volver a mirar esa película que habré visto 20 veces en mi adolescencia o escuchar una vez más The Wall, disco doble y con un sonido jamás logrado por ninguna otra banda. Ya sabemos que es una obra maestra, creada por un solo hombre de nombre Roger Waters e interpretada por Pink Floyd. Banda de la que decidió alejarse luego del espeso "The Final Cut" de 1983. The Wall fue lanzado a fines de 1979. Es una obra conceptual, que conforma un disco doble. El cantante, bajista, y líder del grupo, se refiere a sus obsesiones y vuelca su pasado en forma de laberintos que incluirá la muerte temprana de su padre en la Segunda Guerra Mundial, cuando él tenía apenas 4 años, la sobreprotección de su madre, el engaño de su esposa con otro hombre y su denuncia al sistema educativo. Los otros miembros de la banda, David Gilmour, Nick Mason y Richard Wright, aceptarían este material para trabajarlo entre todos sabiendo que era una obra creada exclusivamente por Roger Waters. Su manera de mostrarlo fue verdaderamente especial. Toda su vida se presentaba en este disco como un eterno viaje o más bien como una huida de un mundo opresivo, que intentaba convertirte en una máquina de la que será muy difícil escapar. Pareciera decir Waters con esa obra. “Este soy yo, pero no quiero exponerme, no tengo la suficiente confianza, tengo miedo, no puedo sostenerlo ante todos”. Entonces construye un muro entre el y la sociedad para poder describir sus lamentos desde una soledad que no cubrirá ningún ser humano en esta tierra. En su momento fue muy difícil enfrentar los costos de la gira, y la salida de Waters de la banda poco tiempo después, frustró cualquier posibilidad de poder ver realizada esta obra en vivo. De modo que más de 30 años después de su lanzamiento, el creador de este disco pensó que era momento de volver hacia su propio pasado una vez más y plasmarlo en la actual gira que lo trajo a Buenos Aires. El estadio de River Plate se eligió como destino para la presentación de The Wall con un Waters más sociable que en sus años de Pink Floyd, agradeciendo a su público y mostrándose varias veces ante los presentes. Esta obra sencillamente lo redescubre en su propia fatalidad sosteniéndolo entre sus propios demonios, que logró sacar de sus entrañas haciéndole crear una de las obras más trascendentes del siglo XX. Por supuesto, imperdible concierto. Un viaje al lado oscuro de la luna gratis. Con los ojos bien abiertos y los oídos atentos.
Julio Cotázar
domingo, 11 de marzo de 2012
martes, 31 de enero de 2012
Transplante lunar
Verano índigo
todavía contra el ocaso
la burbuja duerme
sobre la fatiga encerrada
ojos ánima
sobre el miedo cerca
y la memoria sin fuentes
al fin de la mano
frente al dulce derrumbe
todavía contra el ocaso
la burbuja duerme
sobre la fatiga encerrada
ojos ánima
sobre el miedo cerca
y la memoria sin fuentes
al fin de la mano
frente al dulce derrumbe
lunes, 30 de enero de 2012
Viernes
El tiempo transcurría distraído, ansioso, moribundo. Capaz de permanecer sin ser descubierto. Apenas confuso y subyacente. Sin defensa que pueda callar al otro. Exceptuando al mundo exterior, esa tarde buscaba una mirada de espaldas invisibles. Con frecuencia escuchaba el latido del grito mientras fingía no preocuparse. Un aire indefinido que resumiera esa calma dispersa. Ahora Santiago se alejó sin estar del todo atento. Un destino de puentes regresó por él sobre un río roto que detuvo su cauce, y una vereda gris la miró recién a ella, Carmen, que entristecía el dolor de la sombra. Ese diálogo aciago diagnosticaba un curso demasiado aventurado. La esquina poblada de árboles antiguos sostenía el recuerdo de aquella noche. Pero nada era verdad en su boca. El tiempo alado era su más vívida desdicha. Sus voces eran sus ojos callados también. Sí, la miraban irse y esa calle era de pronto un paisaje hacia otro muelle. Una pequeña jaula donde se alojaba su cuerpo mudo. De modo que él no la escuchó más. Sus horas se convirtieron en días y pasaron a demorar meses en ser atendidos.
Serán verdad todas esas palabras sin ser dichas? Ahora formaban un silencio hondo y promiscuo dilatando ese cielo que se agiganta con su ausencia. Un eclipse escondido en el aire se burlaba de su figura de nieve casi como un lamento. El camino de vuelta era un espejo que se detenía entre las luces diáfanas. Un despliegue circular atemorizó en desnivel cualquier pensamiento positivo. No pudo dejar de sentir que esa ocasión formaba una amenaza. A ella no la volvería a ver. Había sido un sueño quizás. Uno tan real como las historias que ella contaba o creía contar. Casas y lugares que parecían estar más allá de sus palabras pero que lo mantenían al él en la atenta búsqueda de los gestos de ella. Sus manos y su indefinible manera de decir lluvia, todavía, descanso, después. La súbita brisa que atropellaba su cuerpo y su anclada juventud vista de afuera. Esa especie de presente que carece de reflexión, pero cuando se convierte en pasado no hace más que volver hacia uno. Llena de caprichos inviolables y de menor acento, las lágrimas devolvían la fatiga de la mañana hacia ese otro modo de disuadir. El inconcluso destino se debatía entre una porción de mariposas junto al salto de lo que después nace, florece, camina. Un acierto despojado con el viento en llamas. Ella era en lo que se convertiría en su despertar encerrado, un talismán de rodillas que busca el miedo como sinónimo de su libertad. Una forma sobre el borde de una zona prohibida expuesta a todas sus pretensiones. Él se refería a la lluvia horrible y hostil de la espera. Aquella que se abre sin comprender lo que dice su voz. Es la presencia de la carencia de una esperanza sin ensayo. Perdidos en las palabras ajenas, todas ellas y aún sin acercarse. Alguna que demuestre valor, y la sana experiencia de escribir sobre el delirio. Deshacerse de lo inhabitado hacia un costado de la muerte engañada. Ella repetida en los ojos de él. De nada servirá mantenerse a salvo. Ya es tarde, pero no demasiado tarde. Algo que traslade la memoria de su cara ausente entre preguntas de agua negra. Alguien que finja la dulce caricia, pero ella se va y él tan lejos de sí.
Entre dudas de una piel desafinada, buscando una verdad. En el vano intento de construir todo lo destruido y un nuevo fantasma que flota en el filo de la inocencia.
Serán verdad todas esas palabras sin ser dichas? Ahora formaban un silencio hondo y promiscuo dilatando ese cielo que se agiganta con su ausencia. Un eclipse escondido en el aire se burlaba de su figura de nieve casi como un lamento. El camino de vuelta era un espejo que se detenía entre las luces diáfanas. Un despliegue circular atemorizó en desnivel cualquier pensamiento positivo. No pudo dejar de sentir que esa ocasión formaba una amenaza. A ella no la volvería a ver. Había sido un sueño quizás. Uno tan real como las historias que ella contaba o creía contar. Casas y lugares que parecían estar más allá de sus palabras pero que lo mantenían al él en la atenta búsqueda de los gestos de ella. Sus manos y su indefinible manera de decir lluvia, todavía, descanso, después. La súbita brisa que atropellaba su cuerpo y su anclada juventud vista de afuera. Esa especie de presente que carece de reflexión, pero cuando se convierte en pasado no hace más que volver hacia uno. Llena de caprichos inviolables y de menor acento, las lágrimas devolvían la fatiga de la mañana hacia ese otro modo de disuadir. El inconcluso destino se debatía entre una porción de mariposas junto al salto de lo que después nace, florece, camina. Un acierto despojado con el viento en llamas. Ella era en lo que se convertiría en su despertar encerrado, un talismán de rodillas que busca el miedo como sinónimo de su libertad. Una forma sobre el borde de una zona prohibida expuesta a todas sus pretensiones. Él se refería a la lluvia horrible y hostil de la espera. Aquella que se abre sin comprender lo que dice su voz. Es la presencia de la carencia de una esperanza sin ensayo. Perdidos en las palabras ajenas, todas ellas y aún sin acercarse. Alguna que demuestre valor, y la sana experiencia de escribir sobre el delirio. Deshacerse de lo inhabitado hacia un costado de la muerte engañada. Ella repetida en los ojos de él. De nada servirá mantenerse a salvo. Ya es tarde, pero no demasiado tarde. Algo que traslade la memoria de su cara ausente entre preguntas de agua negra. Alguien que finja la dulce caricia, pero ella se va y él tan lejos de sí.
Entre dudas de una piel desafinada, buscando una verdad. En el vano intento de construir todo lo destruido y un nuevo fantasma que flota en el filo de la inocencia.
domingo, 29 de enero de 2012
Día 25
I
El desdén de la noche
clava en su manantial inseguro
su más estéril promesa libre
soy el que penetra
tus partículas de polvo
y te hace libre
demoliendo paredes
II
Mareado entre espejos rojos
me alimento de esquinas
en la piel de una manzana
ahora enciendo mis manos
y me aferro a tu silencio
amaestrado
III
Tiemblan los clavos inertes
sobre la sombra del cielo
desvistes las hojas y todas te parecen
pero la palabra socorro
busca refugio
en el color de tus manos
IV
Me queda una palabra
para describir este incendio
de fantasmas dentro
la quieta madrugada
nos observará siempre
que olvidemos
V
Es tan duro este cuarto de cenizas
de pronto
luces como un espectador anónimo
pero tu laberinto de siluetas y sombras
quiebra mi frágil geografía
y nos ahogamos en cualquier ventana
VI
Mi olvido te defiende
como demonio dulce
que se propaga
te nombré a borbotones
sin saliva que calme esta furia
de querer decirte todo
sobre el reposo de la humanidad
entre labios de sangre
VII
Tatuaje vencido
que muere en la semilla
al costado del pasado
la dificultad es mi herida
lenta y rapiña
que envuelve
mi tiempo cobarde
El desdén de la noche
clava en su manantial inseguro
su más estéril promesa libre
soy el que penetra
tus partículas de polvo
y te hace libre
demoliendo paredes
II
Mareado entre espejos rojos
me alimento de esquinas
en la piel de una manzana
ahora enciendo mis manos
y me aferro a tu silencio
amaestrado
III
Tiemblan los clavos inertes
sobre la sombra del cielo
desvistes las hojas y todas te parecen
pero la palabra socorro
busca refugio
en el color de tus manos
IV
Me queda una palabra
para describir este incendio
de fantasmas dentro
la quieta madrugada
nos observará siempre
que olvidemos
V
Es tan duro este cuarto de cenizas
de pronto
luces como un espectador anónimo
pero tu laberinto de siluetas y sombras
quiebra mi frágil geografía
y nos ahogamos en cualquier ventana
VI
Mi olvido te defiende
como demonio dulce
que se propaga
te nombré a borbotones
sin saliva que calme esta furia
de querer decirte todo
sobre el reposo de la humanidad
entre labios de sangre
VII
Tatuaje vencido
que muere en la semilla
al costado del pasado
la dificultad es mi herida
lenta y rapiña
que envuelve
mi tiempo cobarde
martes, 8 de noviembre de 2011
A 40 años del Himno sagrado del Rock
El 8 de Noviembre de 1971 salía a la venta el cuarto álbum de Led Zeppelin. La portada del álbum no llevaba nada escrito, sólo la imagen de un anciano cargando leña encorvado en una lámina con relieve. En la edición del vinilo, la cuarta y última canción del lado A, llevaría el nombre de Stairway to Heaven. En la lámina interior del disco, cuatro extraños símbolos que identificaban a cada miembro de la banda. Esta canción era la única que contenía la letra. Una pieza rica e indefensa se abría paso a creer en los dioses del alba. Una melodía susceptible, cargada de sueños. Sugerente y cubierta de gritos violáceos, conoció otro Dios que se aparecía entre la niebla en un noviembre sin recuerdo. Esta escalera iba más allá del cielo. Su ritmo eterno, magníficamente interconectado entre sus integrantes, hacía desafiar la gravedad. El encanto de tribus de todo el planeta se rendía a sus pies. Una canción atemporal y despejada de etiquetas que se debatía entre lo acústico y lo eléctrico. Una porción de magia real se cayó del cielo reclamando ser escuchada. Todas las esperanzas e injusticias del mundo flotaban en esta canción. Los acordes de la guitarra de Page temblaban y parecían desconocer la realidad. La voz de Plant, les guiaba el camino sinuoso. La batería de Bonham era una confesión de violencia que no quería saber de atajos y el bajo de Jones insistía entre una turbulenta pubertad. Una pieza ecléctica que le hizo perder la virginidad al rock. En un halo marginal, este tema difunde el descontento y la esperanza al mismo tiempo. El frío cruel y el llanto bello y suave, liberaron el cerebro amurallado de seres que no estaban comprometidos con nada, de una manera secreta y perfecta. Tradujeron la tristeza al borde de un precipicio. No existía continuidad. Todo estaba cargado de un furioso presente demoledor. Esa sola pieza era una invitación al ácido y sus purezas.
Mientras el mundo crecía de mala gana, Estados Unidos se tomaba atribuciones en Vietnam que iban en contra de la comunidad hippie y su lucha por la paz. La sociedad americana descreía de las buenas intenciones de su ejército y se quejaba cada vez con más ahínco. La Casa Blanca era escenario del caso Watergate y Nixon se convertiría en el único presidente que es obligado a renunciar a su cargo. Mientras tanto, el bloque comunista, da los primeros pasos hacia una desintegración segura y la crisis del petróleo en Oriente llega a Occidente transformándose en tema central. Al mismo tiempo, Washington decide intervenir activamente en América Latina bajo una presión sistemática a través de dictaduras militares. Esta acción, algunos años más tarde, iba a afectar la vida de miles y miles de seres humanos en todo el continente americano de habla hispana.
Escalera al cielo se deslizaba ante el mundo como una vertiente invisible que difundía el idioma de los magos.
Mientras en nuestro país, dos compañeros del colegio, de nombre Sui Generis lanzaban su disco debut (Vida), que iba a dejar huella en la escena local, Spinetta editaba un disco con amigos y Tanguito era internado en el Borda. Salía a la venta Pappo´s Blues Volumen I y el rock argentino lograba una identidad.
Cuánto tenía que ver la canción de Led Zeppelin en este escenario?
Un lamento irreversible guiaba a una generación que se desangraba a pasos adormecidos dentro de una rima de luz.
En palabras de John Paul Jones: “Encierra un montón de elementos de la banda. Desde el comienzo acústico hasta la suave sección jazzera y después la parte heavy al final. Fue un suceso. No estoy hablando del suceso comercial, sino más bien que trabajamos todo y el resultado posterior. Una gran canción”.
Robert Plant comentó: “Me siento aún halagado por lo que significó y aún significa esa canción para tanta gente. Fue escrita con la mejor de las intenciones y nadie espera una cosa como esa. Los himnos son cosas con las que uno ni siquiera sueña, simplemente vienen. Siempre estuve orgulloso de esa canción”.
“Creo que logramos más de lo que alguna vez soñamos con esa canción”. Jimmy Page
Hay una dama que está segura de que todo lo que brilla es oro
Querida dama. ¿Puede usted oír el soplido del viento?
Mientras el mundo crecía de mala gana, Estados Unidos se tomaba atribuciones en Vietnam que iban en contra de la comunidad hippie y su lucha por la paz. La sociedad americana descreía de las buenas intenciones de su ejército y se quejaba cada vez con más ahínco. La Casa Blanca era escenario del caso Watergate y Nixon se convertiría en el único presidente que es obligado a renunciar a su cargo. Mientras tanto, el bloque comunista, da los primeros pasos hacia una desintegración segura y la crisis del petróleo en Oriente llega a Occidente transformándose en tema central. Al mismo tiempo, Washington decide intervenir activamente en América Latina bajo una presión sistemática a través de dictaduras militares. Esta acción, algunos años más tarde, iba a afectar la vida de miles y miles de seres humanos en todo el continente americano de habla hispana.
Escalera al cielo se deslizaba ante el mundo como una vertiente invisible que difundía el idioma de los magos.
Mientras en nuestro país, dos compañeros del colegio, de nombre Sui Generis lanzaban su disco debut (Vida), que iba a dejar huella en la escena local, Spinetta editaba un disco con amigos y Tanguito era internado en el Borda. Salía a la venta Pappo´s Blues Volumen I y el rock argentino lograba una identidad.
Cuánto tenía que ver la canción de Led Zeppelin en este escenario?
Un lamento irreversible guiaba a una generación que se desangraba a pasos adormecidos dentro de una rima de luz.
En palabras de John Paul Jones: “Encierra un montón de elementos de la banda. Desde el comienzo acústico hasta la suave sección jazzera y después la parte heavy al final. Fue un suceso. No estoy hablando del suceso comercial, sino más bien que trabajamos todo y el resultado posterior. Una gran canción”.
Robert Plant comentó: “Me siento aún halagado por lo que significó y aún significa esa canción para tanta gente. Fue escrita con la mejor de las intenciones y nadie espera una cosa como esa. Los himnos son cosas con las que uno ni siquiera sueña, simplemente vienen. Siempre estuve orgulloso de esa canción”.
“Creo que logramos más de lo que alguna vez soñamos con esa canción”. Jimmy Page
Hay una dama que está segura de que todo lo que brilla es oro
Querida dama. ¿Puede usted oír el soplido del viento?
domingo, 6 de noviembre de 2011
Forzando su espaciada ejecución -1937/1945- reúno hoy estas historias un poco por ver si ilustran, con sus frágiles estructuras, el apólogo del haz de mimbres. Toda vez que las hallé en cuadernos sueltos tuve certeza de que se necesitaban entre sí, que su soledad las perdía. Acaso merezcan estar juntas porque del desencanto de cada una creció la voluntad de la siguiente.
Les doy en libro a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro. Un libro más es un libro menos; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto.
Mendoza 1945
Julio Cortázar
Cuentos Completos I
Les doy en libro a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro. Un libro más es un libro menos; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto.
Mendoza 1945
Julio Cortázar
Cuentos Completos I
Ella y los injustos
Una lluvia intensa no tardaría en llegar. La mujer ya se había vestido y el hombre iba hacia el baño en busca de mojarse la cara con agua fresca. El ya no la llamaba por su nombre. Hacía cuatro años que su esposa había muerto y su vida se alejaba cada vez más. De modo que volvió por su ropa colgada en el respaldo de la única silla, a dos metros de la ventana, que habitaba ese cuarto empobrecido y lúgubre, y sin despedirse, con el pelo todavía mojado y su barba crecida, bajó las escaleras, no sin antes cerrar la puerta, sin seguir su mirada hacia ella y se fue. Atrás había quedado el desconocimiento de ambos por haber abandonado el intento de mezclar tiempo y sentimientos. Una noche en una fiesta, al borde del río, se juraron paciencia y buenos modales. Miradas infinitas y pasiones repetidas. Él no lo sabía, pero era la última vez que la vería. Ella sacó su valija de abajo de la cama y comenzó a llenarla con su ropa, que no era mucha, y su gesto que no cambió desde entonces, y algunas voces enredadas en su mente. Al asomarse por la ventana, el cielo le mostraba su más doliente calma, una mancha hostil se desangraba allí arriba, como un volcán en erupción. No tenía miedo. Ya no tendría miedo. Es terrible ese lamento de querer hacer algo y no hacerlo. Las botas azules se las había regalado él. No se acordaría. No se volvió a mirar al espejo nunca más. Ese viaje creado desde adentro carecía de destino. El agua seguía cayendo hacía horas, las calles eran ríos anónimos y principiantes que desconocían su voluntad. Miles sin retorno a sus hogares. Era otra la causa. Un peinado de lunas rojas envidiaba el escarmiento. Cuando el molino demostraba su andar monótono en su mismo lugar, el cielo demoraba su accionar. La boca de la lluvia se había sentado a esperar la noche. Las escaleras de salida sostenían los pasos de él sin saber que eran los últimos. Las paredes dolían. La soledad sostenía delante de ella la humillación sin ocasionar más que una sorpresa. La perfecta conjunción entre esos rayos negros que eran de temer y su sangre sin querer ser expulsada. El ensayo del agua, su pleitesía, la transparencia de sus ojos descuidados al mirar el pasado. Se acabó el atado de cigarrillos, los pensamientos de él sobre ella también. Tal vez no sería fácil acumular noticias sin ser escritas. Ahora de nuevo miró el reloj sin distinguir la hora. Qué importaba. Ese lugar era asombroso, la oscuridad sin luna la ha ignorado con violencia. Lo peor era estar sola y esperando la voz de él. Se negó a escuchar la exigencia de su realidad perdida y petrificada. Merecidas las nubes con bordes afilados. Luego ella se fue sin mirarse, pero sin valijas y sin moverse de su lado. La melancólica percepción de los días se iba sucediendo en cada aspereza de esa casa, mientras el amanecer empujaba desde el horizonte con su aliento de penumbra y servidumbre.
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