El 8 de Noviembre de 1971 salía a la venta el cuarto álbum de Led Zeppelin. La portada del álbum no llevaba nada escrito, sólo la imagen de un anciano cargando leña encorvado en una lámina con relieve. En la edición del vinilo, la cuarta y última canción del lado A, llevaría el nombre de Stairway to Heaven. En la lámina interior del disco, cuatro extraños símbolos que identificaban a cada miembro de la banda. Esta canción era la única que contenía la letra. Una pieza rica e indefensa se abría paso a creer en los dioses del alba. Una melodía susceptible, cargada de sueños. Sugerente y cubierta de gritos violáceos, conoció otro Dios que se aparecía entre la niebla en un noviembre sin recuerdo. Esta escalera iba más allá del cielo. Su ritmo eterno, magníficamente interconectado entre sus integrantes, hacía desafiar la gravedad. El encanto de tribus de todo el planeta se rendía a sus pies. Una canción atemporal y despejada de etiquetas que se debatía entre lo acústico y lo eléctrico. Una porción de magia real se cayó del cielo reclamando ser escuchada. Todas las esperanzas e injusticias del mundo flotaban en esta canción. Los acordes de la guitarra de Page temblaban y parecían desconocer la realidad. La voz de Plant, les guiaba el camino sinuoso. La batería de Bonham era una confesión de violencia que no quería saber de atajos y el bajo de Jones insistía entre una turbulenta pubertad. Una pieza ecléctica que le hizo perder la virginidad al rock. En un halo marginal, este tema difunde el descontento y la esperanza al mismo tiempo. El frío cruel y el llanto bello y suave, liberaron el cerebro amurallado de seres que no estaban comprometidos con nada, de una manera secreta y perfecta. Tradujeron la tristeza al borde de un precipicio. No existía continuidad. Todo estaba cargado de un furioso presente demoledor. Esa sola pieza era una invitación al ácido y sus purezas.
Mientras el mundo crecía de mala gana, Estados Unidos se tomaba atribuciones en Vietnam que iban en contra de la comunidad hippie y su lucha por la paz. La sociedad americana descreía de las buenas intenciones de su ejército y se quejaba cada vez con más ahínco. La Casa Blanca era escenario del caso Watergate y Nixon se convertiría en el único presidente que es obligado a renunciar a su cargo. Mientras tanto, el bloque comunista, da los primeros pasos hacia una desintegración segura y la crisis del petróleo en Oriente llega a Occidente transformándose en tema central. Al mismo tiempo, Washington decide intervenir activamente en América Latina bajo una presión sistemática a través de dictaduras militares. Esta acción, algunos años más tarde, iba a afectar la vida de miles y miles de seres humanos en todo el continente americano de habla hispana.
Escalera al cielo se deslizaba ante el mundo como una vertiente invisible que difundía el idioma de los magos.
Mientras en nuestro país, dos compañeros del colegio, de nombre Sui Generis lanzaban su disco debut (Vida), que iba a dejar huella en la escena local, Spinetta editaba un disco con amigos y Tanguito era internado en el Borda. Salía a la venta Pappo´s Blues Volumen I y el rock argentino lograba una identidad.
Cuánto tenía que ver la canción de Led Zeppelin en este escenario?
Un lamento irreversible guiaba a una generación que se desangraba a pasos adormecidos dentro de una rima de luz.
En palabras de John Paul Jones: “Encierra un montón de elementos de la banda. Desde el comienzo acústico hasta la suave sección jazzera y después la parte heavy al final. Fue un suceso. No estoy hablando del suceso comercial, sino más bien que trabajamos todo y el resultado posterior. Una gran canción”.
Robert Plant comentó: “Me siento aún halagado por lo que significó y aún significa esa canción para tanta gente. Fue escrita con la mejor de las intenciones y nadie espera una cosa como esa. Los himnos son cosas con las que uno ni siquiera sueña, simplemente vienen. Siempre estuve orgulloso de esa canción”.
“Creo que logramos más de lo que alguna vez soñamos con esa canción”. Jimmy Page
Hay una dama que está segura de que todo lo que brilla es oro
Querida dama. ¿Puede usted oír el soplido del viento?
Julio Cotázar
martes, 8 de noviembre de 2011
domingo, 6 de noviembre de 2011
Forzando su espaciada ejecución -1937/1945- reúno hoy estas historias un poco por ver si ilustran, con sus frágiles estructuras, el apólogo del haz de mimbres. Toda vez que las hallé en cuadernos sueltos tuve certeza de que se necesitaban entre sí, que su soledad las perdía. Acaso merezcan estar juntas porque del desencanto de cada una creció la voluntad de la siguiente.
Les doy en libro a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro. Un libro más es un libro menos; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto.
Mendoza 1945
Julio Cortázar
Cuentos Completos I
Les doy en libro a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro. Un libro más es un libro menos; un acercarse al último que espera en el ápice, ya perfecto.
Mendoza 1945
Julio Cortázar
Cuentos Completos I
Ella y los injustos
Una lluvia intensa no tardaría en llegar. La mujer ya se había vestido y el hombre iba hacia el baño en busca de mojarse la cara con agua fresca. El ya no la llamaba por su nombre. Hacía cuatro años que su esposa había muerto y su vida se alejaba cada vez más. De modo que volvió por su ropa colgada en el respaldo de la única silla, a dos metros de la ventana, que habitaba ese cuarto empobrecido y lúgubre, y sin despedirse, con el pelo todavía mojado y su barba crecida, bajó las escaleras, no sin antes cerrar la puerta, sin seguir su mirada hacia ella y se fue. Atrás había quedado el desconocimiento de ambos por haber abandonado el intento de mezclar tiempo y sentimientos. Una noche en una fiesta, al borde del río, se juraron paciencia y buenos modales. Miradas infinitas y pasiones repetidas. Él no lo sabía, pero era la última vez que la vería. Ella sacó su valija de abajo de la cama y comenzó a llenarla con su ropa, que no era mucha, y su gesto que no cambió desde entonces, y algunas voces enredadas en su mente. Al asomarse por la ventana, el cielo le mostraba su más doliente calma, una mancha hostil se desangraba allí arriba, como un volcán en erupción. No tenía miedo. Ya no tendría miedo. Es terrible ese lamento de querer hacer algo y no hacerlo. Las botas azules se las había regalado él. No se acordaría. No se volvió a mirar al espejo nunca más. Ese viaje creado desde adentro carecía de destino. El agua seguía cayendo hacía horas, las calles eran ríos anónimos y principiantes que desconocían su voluntad. Miles sin retorno a sus hogares. Era otra la causa. Un peinado de lunas rojas envidiaba el escarmiento. Cuando el molino demostraba su andar monótono en su mismo lugar, el cielo demoraba su accionar. La boca de la lluvia se había sentado a esperar la noche. Las escaleras de salida sostenían los pasos de él sin saber que eran los últimos. Las paredes dolían. La soledad sostenía delante de ella la humillación sin ocasionar más que una sorpresa. La perfecta conjunción entre esos rayos negros que eran de temer y su sangre sin querer ser expulsada. El ensayo del agua, su pleitesía, la transparencia de sus ojos descuidados al mirar el pasado. Se acabó el atado de cigarrillos, los pensamientos de él sobre ella también. Tal vez no sería fácil acumular noticias sin ser escritas. Ahora de nuevo miró el reloj sin distinguir la hora. Qué importaba. Ese lugar era asombroso, la oscuridad sin luna la ha ignorado con violencia. Lo peor era estar sola y esperando la voz de él. Se negó a escuchar la exigencia de su realidad perdida y petrificada. Merecidas las nubes con bordes afilados. Luego ella se fue sin mirarse, pero sin valijas y sin moverse de su lado. La melancólica percepción de los días se iba sucediendo en cada aspereza de esa casa, mientras el amanecer empujaba desde el horizonte con su aliento de penumbra y servidumbre.
sábado, 5 de noviembre de 2011
para ella
Sólo miras el tiempo en desorden desde la tierra
sin palabras para escuchar te refugias
en destrozos de pensamiento
los seguidores de sueños
habían permanecido de espaldas
se cubrían las piernas con las manos
mientras dialogaban algo imposible de traducir
sólo niegas a dar el salto
esa mitad por donde huyes sin que nadie lo note
sin palabras para escuchar te refugias
en destrozos de pensamiento
los seguidores de sueños
habían permanecido de espaldas
se cubrían las piernas con las manos
mientras dialogaban algo imposible de traducir
sólo niegas a dar el salto
esa mitad por donde huyes sin que nadie lo note
sábado, 29 de octubre de 2011
Tres palabras
A la espera de la oscuridad
Alejandra Pizarnik
(1936 1972) Argentina
Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos
Envejecer
Silvina Ocampo
(1903 1994) Argentina
Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.
Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.
Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.
Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.
Poema del inocente
José Watanabe
(1946 2007) Perú
Bien voluntarioso es el sol
en los arenales de Chicama.
Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza
y anda tras la lagartija inútil
entre esos árboles ya muertos por la sollama.
De delicadezas, la del sol la más cruel
que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara.
Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje,
y esta otra:
de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial
y ardió demasiado súbito y desmedido
como si fuera de pólvora.
No te culpes, quien iba a calcular tamaño estropicio!
Y acepta: el fuego ya estaba allí,
tenso y contenido bajo la corteza,
esperando tu gesto trivial, tu mataperrada.
Recuerda, pues, ese repentino estrago (su intraducible belleza)
sin arrepentimientos
porque fuiste tú, pero tampoco.
Así
en todo.
Alejandra Pizarnik es un viento que se desliza de rodillas en cada regazo de voz. A la espera de la oscuridad, su poema, es también su espera por dejar de pertenecer en las orillas, pero a la vez dejar un gesto de fe en esos versos que de tan lejanos y poco frecuentes se vuelven vacíos. “Tan vacío rechazado por los relojes” y a cambio las rodajas de la soledad dejan a la intemperie su mirada anciana del mundo. Ella no quiso envejecer, no dejó que el cauce de su sangre volviera a su corazón. No evidenció que su alma debería ser alguien “sin ojos para recordar angustias de antaño”. En cambio, Silvina Ocampo, en su poema, Envejecer, quiso atravesar el muro de la juventud para saber qué había hacia ese otro lado. “Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas”. “No quería ser joven”. Sabiendo que la memoria a veces puede ser cruel, Ocampo imaginó un paraíso que a la vez podría compensar el tiempo perdido. “Espero una revelación”... se deja leer en sus palabras. Entonces la vida se le planteaba como aquel horizonte que no puede recordar ni disfrutar “en los despojos de la juventud”. Pizarnik lo descubrió antes. Quiso abordar el mundo al desnudo. Ocampo dejó al descubierto el sin sentido de esperar a ser cuando “el tiempo transcurrido nos arrincona”. José Watanabe, poeta peruano nacido en 1946, dejó en claro en su Poema del inocente, “Recuerda ese repentino estrago sin arrepentimientos porque fuiste tú”. Su hallazgo a carne abierta, pero “entre esos árboles ya muertos”, nos muestra una porción de la tierra adentro voluntariosa, pegada al sol y sin culpas. Watanabe pareció encontrarle un sentido a su vida confesándose ante los destinos de su tierra virgen y sin miedos. Pizarnik derrochó hojas escritas en ventanas cerradas al sol, en cambio el escritor peruano fue tras él. Y Ocampo cuando descubrió sus arrugas frente al espejo le quedó atrás la realidad. Cada palabra en su punto justo, sin abreviaciones, “que en lugar de disminuir los detalles los agranda”. Alejandra Pizarnik se perdió “en el canto de los helados campanarios” una mañana de primavera de 1972, aunque ya se consideraba ida hace mucho tiempo. Silvina Ocampo llegó a “reducir el presente a un interesante precipicio” en su vano intento de romper con lo cotidiano, y José Watanabe aportó una influencia en su poesía social por un mundo mas justo y menos superficial. Son vaivenes de recepción que se debaten entre dos fuerzas opuestas. Toman la realidad como distancia y la palabra escrita es un desprendimiento de otra realidad imaginada. En ellos está la delicadeza de sus palabras fundidas en un mismo idioma.
Alejandra Pizarnik
(1936 1972) Argentina
Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos
Envejecer
Silvina Ocampo
(1903 1994) Argentina
Envejecer también es cruzar un mar de humillaciones cada día;
es mirar a la víctima de lejos, con una perspectiva
que en lugar de disminuir los detalles los agranda.
Envejecer es no poder olvidar lo que se olvida.
Envejecer transforma a una víctima en victimario.
Siempre pensé que las edades son todas crueles,
y que se compensan o tendrían que compensarse
las unas con las otras. ¿De qué me sirvió pensar de este modo?
Espero una revelación. ¿Por qué será que un árbol
embellece envejeciendo? Y un hombre espera redimirse
sólo con los despojos de la juventud.
Nunca pensé que envejecer fuera el más arduo de los ejercicios,
una suerte de acrobacia que es un peligro para el corazón.
Todo disfraz repugna al que lo lleva. La vejez
es un disfraz con aditamentos inútiles.
Si los viejos parecen disfrazados, los niños también.
Esas edades carecen de naturalidad. Nadie acepta
ser viejo porque nadie sabe serlo,
como un árbol o como una piedra preciosa.
Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas.
No quería ser joven, porque perdía el tiempo en amar solamente.
Ahora pierdo más tiempo que nunca en amar,
porque todo lo que hago lo hago doblemente.
El tiempo transcurrido nos arrincona; nos parece
que lo que quedó atrás tiene más realidad
para reducir el presente a un interesante precipicio.
Poema del inocente
José Watanabe
(1946 2007) Perú
Bien voluntarioso es el sol
en los arenales de Chicama.
Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza
y anda tras la lagartija inútil
entre esos árboles ya muertos por la sollama.
De delicadezas, la del sol la más cruel
que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara.
Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje,
y esta otra:
de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial
y ardió demasiado súbito y desmedido
como si fuera de pólvora.
No te culpes, quien iba a calcular tamaño estropicio!
Y acepta: el fuego ya estaba allí,
tenso y contenido bajo la corteza,
esperando tu gesto trivial, tu mataperrada.
Recuerda, pues, ese repentino estrago (su intraducible belleza)
sin arrepentimientos
porque fuiste tú, pero tampoco.
Así
en todo.
Alejandra Pizarnik es un viento que se desliza de rodillas en cada regazo de voz. A la espera de la oscuridad, su poema, es también su espera por dejar de pertenecer en las orillas, pero a la vez dejar un gesto de fe en esos versos que de tan lejanos y poco frecuentes se vuelven vacíos. “Tan vacío rechazado por los relojes” y a cambio las rodajas de la soledad dejan a la intemperie su mirada anciana del mundo. Ella no quiso envejecer, no dejó que el cauce de su sangre volviera a su corazón. No evidenció que su alma debería ser alguien “sin ojos para recordar angustias de antaño”. En cambio, Silvina Ocampo, en su poema, Envejecer, quiso atravesar el muro de la juventud para saber qué había hacia ese otro lado. “Soñaba con ser vieja para tener tiempo para muchas cosas”. “No quería ser joven”. Sabiendo que la memoria a veces puede ser cruel, Ocampo imaginó un paraíso que a la vez podría compensar el tiempo perdido. “Espero una revelación”... se deja leer en sus palabras. Entonces la vida se le planteaba como aquel horizonte que no puede recordar ni disfrutar “en los despojos de la juventud”. Pizarnik lo descubrió antes. Quiso abordar el mundo al desnudo. Ocampo dejó al descubierto el sin sentido de esperar a ser cuando “el tiempo transcurrido nos arrincona”. José Watanabe, poeta peruano nacido en 1946, dejó en claro en su Poema del inocente, “Recuerda ese repentino estrago sin arrepentimientos porque fuiste tú”. Su hallazgo a carne abierta, pero “entre esos árboles ya muertos”, nos muestra una porción de la tierra adentro voluntariosa, pegada al sol y sin culpas. Watanabe pareció encontrarle un sentido a su vida confesándose ante los destinos de su tierra virgen y sin miedos. Pizarnik derrochó hojas escritas en ventanas cerradas al sol, en cambio el escritor peruano fue tras él. Y Ocampo cuando descubrió sus arrugas frente al espejo le quedó atrás la realidad. Cada palabra en su punto justo, sin abreviaciones, “que en lugar de disminuir los detalles los agranda”. Alejandra Pizarnik se perdió “en el canto de los helados campanarios” una mañana de primavera de 1972, aunque ya se consideraba ida hace mucho tiempo. Silvina Ocampo llegó a “reducir el presente a un interesante precipicio” en su vano intento de romper con lo cotidiano, y José Watanabe aportó una influencia en su poesía social por un mundo mas justo y menos superficial. Son vaivenes de recepción que se debaten entre dos fuerzas opuestas. Toman la realidad como distancia y la palabra escrita es un desprendimiento de otra realidad imaginada. En ellos está la delicadeza de sus palabras fundidas en un mismo idioma.
lunes, 24 de octubre de 2011
Ay Alejandra...
para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor
he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos
para decir la palabra inocente
He desplegado mi orfandad
sobre la mesa, como un mapa.
Dibujé el itinerario
hacia mi lugar al viento.
Los que llegan no me encuentran.
Los que espero no existen.
El perro del invierno dentella mi sonrisa. Fue en el puente. Yo estaba desnuda y llevaba un sombrero con flores y arrastraba mi cadáver también desnudo y con un sombrero de hojas secas.
Alejandra Pizarnik
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor
he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos
para decir la palabra inocente
He desplegado mi orfandad
sobre la mesa, como un mapa.
Dibujé el itinerario
hacia mi lugar al viento.
Los que llegan no me encuentran.
Los que espero no existen.
El perro del invierno dentella mi sonrisa. Fue en el puente. Yo estaba desnuda y llevaba un sombrero con flores y arrastraba mi cadáver también desnudo y con un sombrero de hojas secas.
Alejandra Pizarnik
Suscribirse a:
Entradas (Atom)