Julio Cotázar

Julio Cotázar

lunes, 26 de septiembre de 2011

Carta de Juio Cortázar a Alejandra Pizarnik

París, 9 de septiembre de 1971




Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estás ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de. Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya. Eso otro es también vos, lo sé, pero no es todo y además no es lo mejor de vos. Salir por esa puerta es falso en tu caso, lo siento como si se tratara de mí mismo. El poder poético es tuyo, lo sabés, lo sabemos todos los que te leemos; y ya no vivimos los tiempos en que ese poder era el antagonista frente a la vida, y ésta el verdugo del poeta. Los verdugos, hoy, matan otra cosa que poetas, ya no queda ni siquiera ese privilegio imperial, queridísima. Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llámale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra.
Escribíme, coño, y perdoná el tono, pero con qué ganas te bajaría el slip (¿rosa o verde?) para darte una paliza de esas que dicen te quiero a cada chicotazo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Cómo conocí a Cortázar -por Abelardo Castillo-

Mi relación con Julio Cortázar empieza en el año 1960, acababa de salir Las armas secretas, libro que leí en un tren, en un viaje a San Pedro. Lo leí de un tirón y cuando la terminé estaba convencido de haber descubierto al mayor cuentista argentino. Cortázar en esa época era un desconocido, aunque ya había publicado algunos libros, allá por los años cincuenta. De vuelta a Buenos Aires escribí en el Grillo de papel una nota sobre el libro donde ponía a Cortázar, como cuentista, por encima de Borges, descubría que las iniciales Ch. P. de “El perseguidor” eran las de Charlie Parker –hasta ese momento nadie había notado que ese relato no es una invención sino que está basado en una biografía de Parker-, sostenía que Cortázar terminaría por escribir novelas, y sobre todo señalaba, no sin pedantería, que el final del cuento “Las armas secretas” me parecía imperfecto. al poco tiempo recibo una carta de Cortázar, la primera de una larga serie de cartas, donde decía que lamentaba no poder encontrarse conmigo porque ya estaba con un pie en el avión, pero que había leído esa crítica y nos agradecía haberla publicado. Cortázar era más de veinte años mayor que todos nosotros y nos hablaba como si tuviera nuestra edad. Decía, son palabras de Cortázar, “le voy a certificar unos pálpitos”: en efecto el protagonista de “El perseguidor” era Charlie Parker, aunque nadie se había dado cuenta; el efecto, estaba escribiendo una novela-, en efecto, el cuento “Las armas secretas” le había costado mucho trabajo, no lo consideraba resuelto y nunca había sabido cómo terminarlo. En El grillo de papel, y luego en El escarabajo de oro, aprovechamos a mansalva esa carta. Le escribimos a París ya eso de las lo primero que hicimos fue pedirle un cuento inédito, que nos mandó. En realidad, nos mandó dos. Uno de ellos era “Continuidad en los parques”. Después tuvimos el cuidados, deliberadamente tardío, de explicarle que éramos una revista de izquierda. Sabíamos que él trabajada en la UNESCO y que había publicado en Sur. Le proponíamos ser nuestro colaborador permanente. Nos mandó otra carta diciéndonos que el hecho de que fuéramos una publicación de izquierda se la hacía más leíble, también recuerdo que no escribió “legible”, sino “leíble”, y a partir de ese momento, hasta el último número, formó parte de nuestra revista.
Esa amistad, o lo que fuera, con Cortázar, duró literalmente hasta su muerte, no sin algunas discusiones intermedias. Cuando apareció Rayuela le criticamos el injerto de la teoría de la novela dentro de la novela; incluso le hice un abroma, en una carta, sugiriéndole que la próxima edición la publicara en lata, porque de tanto ir de atrás para adelante el libro se rompía todo, a menos que su estructura fuera una especie de negocio para que uno tuviera que comprar dos ejemplares.
Hacia 1973 lo conocí personalmente de la manera más insospechada y curiosa. Una mañana, a eso de las nueve y media, me llaman por teléfono y alguien me pregunta si habla con la casa de Castillo y yo le digo que sí, en muy mal tono porque estaba medio dormido, quizás me había acostado hacía dos horas. La voz me dice: “Le habla Julio Cortázar”. Y yo, con absoluta indiferencia,: “Ah, sí, qué bien”. Esto sólo es explicable por esa manía, tan nacional, de sospechar que si una voz dice que nos llama Julio Cortázar se trata de una broma. Supuse que era algún amigo sampedrino que, cuando me oyera contestar: “¡Ah, Cortázar!, cómo le va, qué sorpresa”, me iba a decir: “Así que a Cortázar lo atendés y con nosotros te haces el raro...”. La voz, un poco cortada, me dice: “¿Pero, hablo con la casa de Abelardo Castillo?”, y en el “pero” y en la palabra Abelardo noté el gangoseo típico de Cortázar, que pronunciaba la “r” a la francesa,, no por amaneramiento o por hacerse el francés, sino porque tenía frenillo; no podían ser mis amigos de San Pedro, quienes, hablando en general, nos son lingüistas tan refinados como para reparar en esos detalles. Le digo: “Pero, ¿quién habla?. “Cortázar”, me dice Cortázar. Volví a notar la “r” afrancesada y le dije. “Perdóneme, Cortázar, estoy medio dormido, me acuesto muy tarde, estoy durmiendo con mi novia”, qué sé yo qué disparates. El hecho es que quería conocernos, es decir, conocer a los integrantes de El escarabajo de oro. Recuerdo que me pidió que no hubiera demasiada gente porque los argentinos hablábamos muy alto y en Buenos Aires hay mucho ruido y él ya estaba desacostumbrado a nuestros decibeles. Sylvia siempre recuerda esa mañana porque ella tendría veintidós años, y, cuando le comenté a Cortázar que estaba durmiendo con mi novia, él dijo: “No hay nada más lindo que dormir con la novia”. Cortázar vino a mi casa esa tarde. Cuando lo atiende Sylvia, que le llegaba literalmente a las costillas flotantes –Cortázar era un hombre altísimo-, estábamos oyendo jazz, z Charlie Parker, pero por pura casualidad. Estaba encendida la radio, no era un disco nuestro. Supongo que a él le pareció natural. En su literatura se nota que estos pequeños milagros le parecían naturales.
Más tarde llegaron Liliana Heker, Bernardo Jobson, Daniel Freidenberg, uno o dos más. Lo que nos asombró ese día fue no encontrar en Cortázar el humor de sus libros, el de Cronopios o de algunos capítulos de Rayuela. Era un alto señor muy serio, casi circunspecto, muy tímido, que hablaba en voz baja y, cuando se reía, se tapaba la boca con la mano. No habló mal de ningún escritor argentino, cosa muy rara entre escritores argentinos, aunque yo creo que, en parte, lo hacía por astucia, no por las mismas razones por las que Marechal nunca hablaba mal de nadie. Cortázar se cuidaba un poco, por su condición de argentino a medias. Era ambiguo y querible para las mujeres, una combinación rarísima de gigante y de huérfano. En esa época, en el 73, tenía unos 60 años, barba absolutamente negra, pelo negro y tupido, parecía un hombre de treinta años que se ha dejado crecer la barba para perecer mayor. Hasta que nos reencontramos, esa misma noche o alguna otra, no lo oímos reír. Estaba entusiasmado por recorrer “el barrio de los piringundines”, en la calle 25 de Mayo, y nadie se animaba a decirle que a esas alturas ya no había tantos piringundines como él recordaba, pero igual nos fuimos a caminar por la calle 25 de Mayo, por Alem, a tomar vino y a comer en algún bodegón del Bajo. Y ahí apareció el verdadero Cortázar. Después de unos vasos de vino el humor de Cortázar era irrefrenable. Estaba hecho de cosas mínimas como las que a veces pone en sus libros. Contó una miniatura inolvidable. No sé si en Villa Crespo o en Flores, o tal vez en alguno de los puebles donde vivió, había una profesora de Teoría y Solfeo, una de esas señoritas mayores un poco patéticas, que tenía unas tarjetitas donde decía Fulana de Tal Profesora de Piano, Teoría y Solfeo, y abajo, en letra muy chiquita, casi invisible: Se vende un arpa usada. Exactamente lo que le hubiera gustado encontrar a Oliveira.
Hacia 1960, yo le había enviado mi cuento “Historia para un tal Gaido”, en el mismo momento que él nos mandaba “Continuidad en los parques”: se cruzaron en el camino. En el cuento de Cortázar, el personaje de una novela mata al lector; en el mío, al autor. Le fascinaban estos cruces, estos dibujos de la realidad, como los llamaba. Con Bioy Casares le sucedió algo parecido: escribieron una o dos veces el mismo cuento. Claro que, siendo argentino, lo asombroso sería no volver a escribir un cuento de Bioy o de Cortázar.
La última vez que hablé con él fue muy poco antes de su muerte. En mitad de esta relación hubo una polémica muy amarga sobre el exilio durante la dictadura militar. Cortázar llegó a sostener que todos los escritores que tenían algo que decir debían irse a París. Lo propuso textualmente. Nosotros le respondimos en El ornitorrinco –el texto lo escribió Liliana Heker, pero puedo decir nosotros, porque ella respondía por todos-, recordándole que en la Argentina todavía estaban las Madres de Plaza de Mayo, los obreros que no habían podido exiliarse no lo pensaban; que aparecían, si uno corría el riesgo de editarlas, unas cuantas revistas literarias no oficiales; que el mero hecho de vivir en París no garantizaba la buena conciencia de nadie; y sobre todo, que ya se había dado un fenómeno que a Cortázar se le había pasado por alto, Teatro Abierto, que fue prácticamente un acto masivo de rebeldía cultural contra la dictadura. Muchos revolucionarios estratosféricos se molestaron con nuestra revista por haber discutido con Cortázar, porque, en esos años, nos confirmó su aceptación tácita. Pero, además, la última vez que vino a la Argentina, antes de morir –la visita famosa que ahora todos recuerdan por no lo visitó Alfonsín-, volvió a llamar por teléfono para decirme que teníamos razón, y que pusiera el televisor esa noche, ya no sé en qué programa, porque lo diría explícitamente, cosa que efectivamente hizo, y que cuando volviera a Buenos Aires, en unos meses, iba a encontrarse con nosotros, “con mis amigos”, dijo. Ya nunca más volvió, a los tres meses había muerto.
En aquellas primeras noches del setenta, le preguntamos sobre Latinoamérica y él dijo con franqueza: “No entiendo mucho de política”. O sea, que sus opciones políticas eran viscerales. No quería ser un intelectual, no se sentía un intelectual. Era un hombre comprometido emocionalmente con aquello que creía justo.
Y sobre todo era un escritor. Salvo Borges, y no encuentro otra excepción, no he conocido a nadie tan preocupado por el problema de las palabras. Para Cortázar, no sólo tenían sentido y sonido, sino color y peso. Hablaba del valor de las palabras como si fueran una especie desconocida de animalitos que había que amaestrar.
Cortázar ha dicho que no corregía, o que improvisaba sus cuentos sin saber cómo ni por qué. Es falso, es una pose inocente o una broma para señoritas que venden arpas usadas. Yo recuerdo cartas que acompañaban algún cuento para la revista. “Por favor los puntos, las comas; revísemelo usted mismo, lo he corregido tanto...”. Cortázar coqueteaba un poco al decir que escribía sus historias sin saber adónde iba. Él, a lo mejor no lo sabía; pero su inconsciente sí. Esa poética del éxtasis, que profesan los jóvenes tontos, sólo es útil si ya se es Cortázar, si ya se tiene una ciega confianza en que las palabras hablan por nosotros.

lunes, 22 de agosto de 2011

A un año de la muerte de Fogwill

Debería empezar diciendo que hace un año se nos fue el último escritor maldito de nuestro país. Fue internado en el hospital Italiano de esta ciudad y el 21 de agosto de 2010 dejó de respirar. Su adicción al cigarrillo entre otros vicios le ganaron la batalla. Sociólogo y luego empresario. Supo ser docente de la Universidad de Buenos Aires. Nacido en 1941 en la ciudad de Bernal, en la zona sur del conurbano bonaerense, Fogwill fue ante todo rabia y pureza a la vez. Fue el desencanto en bruto que miraba a la sociedad yendo hacia la destrucción por un sistema que ha perdido la confianza en sí mismo.


Su novela, Los pichiciegos, nos anunciaba la rendición en aquella triste aventura en las Islas Malvinas antes de acontecer. La escribió en seis días y sus noches encerrado entre varias raciones de cocaína y malhumor. Atravesado por una buena dosis de talento y genio que hasta ese entonces no se veía en alguien como él. Demoró apenas unos días, lo que cualquier escritor le hubiese costado meses...tal vez años. En carne viva, bajo una Buenos Aires anónima y semi muerta gracias a los medios de la no-comunicación, Fogwill cruzó el pantano que nadie se atrevió a pisar.

Así, con una ecuación casi imposible, su camino no fue el de un escritor convencional. Criticó a los funcionarios de turno, pero también soñó con Las Madres de Plaza de Mayo antes que existieran y predijo la vuelta del radicalismo al poder, todavía en dictadura.

Desenfundado y ácido, Fogwill vio materializado sus propios demonios. Dueño de un pensamiento combativo y frontal, su forma de vida logró cautivar a su propia tragedia. Un invento óptico que supo cubrir con lamentos y más palabras la idiosincrasia de un país en constante desidia.

A veces genio y siempre cuestionado, el escritor criticó al ex presidente ya fallecido, Néstor Kirchner, de ser un “temerario que le apunta al comisario”, dueño de una verborragia propia de un matón dispuesto a salirse con la suya. Pero nada es casual en la lengua de Fogwill. Su condenado filo verbal a una sociedad cada vez más demorada a la hora de pelear su verdad, y únicamente contada en sus libros, fue una constante discrepancia hacia sus colegas.

Sus libros son la consecuencia de sus pensamientos. Su vida anterior, cargada de obligaciones en una empresa de publicidad, fue el puntapié inicial hacia su más sincera pasión, la escritura. Una manera de escribir yendo hacia un destino incierto.

En palabras de Abelardo Castillo. “La literatura esta cargada de fatalidad y tristeza. Sin embargo, la gente quiere ser feliz. Pero la felicidad no hay que escribirla, hay que vivirla. O por lo menos intentar vivirla. En la literatura se pone el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se ha perdido o no se quiere perder.”

En el caso de Fogwill, su prosa va más allá. Su lenguaje piensa. Su intervención en el mundo es como un corregidor. Un fantasma paralizado y molesto que deambula por suburbios urbanos queriendo desviar a un ser humano de una catástrofe segura.

Fogwill no es un autor trágico por su contenido, sino por su lengua. Sus personajes crean efectos de atemporalidad. Son directos, sin revancha. Omiten garantías irrevocables. Su novela “Vivir afuera”, es el claro ejemplo de esto.

Dice un poema de “Últimos movimientos”: Pasan los muertos / y cuantos son? / Y el arte de enterrarlos, negarlos / y volverlos relatos / en la memoria”.

Apariciones inaccesibles funden este personaje que supo dejar una huella en la literatura argentina.

69 años de existencia hoy se vuelven efímeros

Literatura y Felicidad

La literatura esta cargada de fatalidad y tristeza. Por qué? La vida no siempre es fea. Lo que pasa es que, en el fondo, la literatura es un cojuro contra la infelicidad y la desdicha. La gente quiere ser feliz. Pero la felicidad no hay que escribirla: hay que vivirla. O por lo menos intentar vivirla. En la literatura se pone el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se ha perdido o no se quiere perder. Por eso es tan difícil escribir una historia feliz. La historia de amor más hermosa que se ha escrito es Romeo y Julieta. Pero es una catástrofe. Ella tiene catorce años y él dieciocho, y terminan suicidándose. Qué linda historia de amor. Uno confunde la felicidad con las felicidades, con ciertos momentos transistorios de dicha o alegría. La felicidad absoluta no existe, y se escribe, justamente, porque la felicidad no existe. Existen pequeños instantes de felicidad, o alegrías fugaces, que, si se consigue perfeccionarlos en la memoria, pueden ayudar a vivir durante muchísimos años. La literatura también es un intento de eternizar esos momentos.

Abelardo Castillo


Los cerdos no deberían haber matado

de nuevo a surgir entre cicatrices
después de apagar el incendio

son bravos

la bronca está extendida
sobre la anónima madrugada descalza

la inocente defensa
roba los clubes del barrio derrumbados

no digan nada
Entreabierto de mudanzas

no quieran saber de mí

desolación de Buenos Aires

distante media luz

escapada de los ojos

domingo, 24 de julio de 2011

Ayuda a tus hermanos a edificar la gran casa en que no parirá la crueldad. (Fayad Jamís) Ellos describen el deseo de vivir a la sombra del pan como el soldado que espera en la trinchera. Sueña hasta que te alcance el mártir que fuiste en ese vértigo febril animado por los gritos de los otros. La discusión del camino entre esos ojos extraños es obviar la inconclusa pesadilla del desierto de papel. El rincón de hielo que inventaste bajo la imploración de un texto de madera, es sólo una discusión en tu mente. Busca la verdad en las manos de la conciencia. El vacío único de bucear en los bordes describiendo un átomo de asombro mientras un paisaje se cae en erupción. No vuelvas sobre tus pasos, ellos arden en la flor que no cree en sí misma.